Detrás del Jigger: Clase de Coctelería con Espíritus Mexicanos

Jorge Chávez
Oct. 9, 2026
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Llegamos a OSTO Room un viernes en punto de las 6:00pm, cuando los tonos ámbar del cielo comenzaban a desvanecerse lentamente entre los edificios de El Centro. Empujamos la puerta y subimos por una escalera. Por un instante, sentimos que cruzábamos hacia otro tiempo. Ya en la sala de espera, la cálida penumbra revelaba una antigua casa elegantemente remodelada con texturas terrosas y una iluminación tenue que destacaba los elementos decorativos.

Nos miramos entre el asombro y la curiosidad. El aire tenía un aroma leve a cítricos y hierbas, un olor que no provenía de una bebida servida, sino del hecho de que el lugar parecía estar vivo, como impregnado de memoria líquida.

Jeremy Albelda fue el primero en acercarse. Sonrió con la naturalidad de quien disfruta recibir gente en casa; extendió la mano y nos dio la bienvenida. Luego nos ofreció raicilla y dijo que ese brindis formaba parte del ritual de entrada. Mientras recorríamos el lugar, notamos que su presencia tenía esa mezcla exacta entre cálida hospitalidad y seguridad silenciosa… la de alguien que sabe por qué está ahí.

Enseguida apareció Carlos Unger, con el aplomo tranquilo de quien observa cada detalle. Mientras Jeremy nos explicaba cómo había surgido la idea de traer este concepto a Puerto Vallarta (una evolución de un proyecto previo en CDMX), Carlos intervenía para completar la historia, describiendo la intención de crear un espacio íntimo, casi sagrado. “Queríamos que se sintiera como una cueva contemporánea”, mencionó. “Un refugio”. Sus palabras resonaron cuando acariciamos con la mirada las paredes terminadas en chukum, un elegante acabado natural.

Alex Ainsworth, anfitrión e instructor de coctelería en OSTO Room.

Pero la verdadera entrada en escena ocurrió minutos después, cuando Alex Ainsworth salió desde la parte posterior con una coctelera en la mano. Su energía cambió la atmósfera a algo más preciso. En él había una concentración serena, casi ceremonial. Todo lo que estaba por ocurrir dependía de su guía.

La mesa estaba lista: jiggers y shakers alineados, botellas de destilados mexicanos y pequeñas charolas con hierbas, esencias y rodajas de fruta. Los utensilios brillaban bajo la luz ámbar, como si esperaran una coreografía perfectamente ensayada.

Alex inició la clase sin prisa. Habló de los ingredientes, pero sobre todo del porqué de cada uno. Nos explicó que un cóctel es, antes que una receta, una decisión: cuánto ácido permite que el licor respire, qué tipo de endulzante construye estructura y qué textura se busca cuando se agita y no cuando se revuelve. Su voz tenía el tono del maestro que se niega a imponer; proponía, sugería y acompañaba.

La primera preparación fue una Margarita, pero no la que uno cree conocer. Alex nos pidió que utilizáramos el jigger para medir cada uno de los ingredientes: “El equilibrio es lo que sostiene todo”, dijo. Después de verterlos en la coctelera, añadimos hielo y la tapamos con un golpecito. “Van a agitarla cuidadosamente, únicamente pare refrescar la bebida”. Al servirla, notamos que el líquido tenía un brillo distinto, una consistencia que invitaba a probarla. “A veces, lo simple es lo que más sorprende”, nos comentó, observándonos como si disfrutara ver cómo cada quien descubría su propio asombro.

Después pasamos al coctel macerado, que fue más libre: cada uno podía elegir sus propios ingredientes. Carlos observaba desde la cabecera, fascinado por cómo incluso quienes nunca habían preparado nada en casa se animaban a experimentar con rodajas de chile jalapeño, fresa o piña. “La técnica representa el 70 por ciento de la elaboración del coctel”, había dicho Alex. “Pero ese 30 por ciento restante es la creatividad, es lo que te conecta con tu propia esencia”.

Nos descubrimos añadiendo ingredientes que jamás habríamos considerado antes. El resultado fue sorprendente, no tanto porque fuera perfecto (obviamente no lo era), sino porque entendimos el por qué habíamos llegado a esa mezcla.

Carlos Unger, Alex Ainsworth & Jeremy Albelda, socios de OSTO Room.

Durante toda la experiencia, la conversación con los tres socios fue tan reveladora como el taller mismo. Jeremy hablaba sobre la importancia de la hospitalidad auténtica, esa que transforma un viaje entero. Carlos nos contaba cómo OSTO Room utiliza ingredientes locales y pretende hacer comunidad. Alex, entre gesto y gesto, nos dejaba entrever que para él la coctelería es una especie de puente entre lo técnico y lo sensorial, entre la tradición de la cultura mexicana y la experimentación de quienes buscan comprenderla desde un lugar íntimo.

“Cada coctel cuenta la historia de un productor mexicano”, mencionó en algún momento mientras nos mostraba los destilados artesanales con los que trabajamos. Esa frase fue una declaración de respeto.

Al final, mientras disfrutábamos de nuestra bebida y terminábamos nuestra última conversación, permanecimos unos minutos más dentro de la habitación, sin prisa por irnos. La experiencia no había sido un taller o una clase; más bien fue la sensación de entrar a un recinto donde la preparación de bebidas se vuelve un lenguaje común y donde cada decisión, aroma e ingrediente es protagonista de esta historia.

Al salir, la noche ya había caído sobre Puerto Vallarta. Caminamos en silencio unos pasos, cada uno procesando lo vivido. “Ha sido la Margarita más deliciosa que he probado”, dijo alguien del equipo y reímos porque inmediatamente nos dimos cuenta de que era verdad. Ahí comprendimos que algunas experiencias no solo buscan impresionar, sino que resuenan a través de la originalidad.

@ostoroom

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